Breve Etnografía del 1° de Noviembre en Puerto Saavedra

5 11 2009

Luis Emilio Rojas[1]

 

Una verdadera procesión para quienes visitan a sus difuntos a pie. El cementerio está saliendo del pueblo y subiendo por el camino hacia El Temo, en un alto donde tiene vista general hacia el pueblo y los alrededores. Tan despejado está el día que todos se alegran de poder ver la Isla Mocha (cosa difícil la mayor parte del tiempo por la nubosidad propia de Puerto), a la que se puede acceder generalmente desde Quidico, localidad ubicada en la Comuna de Tirúa.

clip_image002Por supuesto que esta ceremonia no comienza el mismo 1° de noviembre, sino que unos días antes con la venta de flores en las calles y la visita de algunas familias al cementerio a limpiar, ordenar y dejar lista la tumba para poder llegar el domingo a compartir con su ser querido.

Ya durante el camino hacia el cementerio se puede ver gente caminando con bolsas y cajas, algunas con flores, otras con comida. Porque visitar a los suyos implica compartir con ellos. También se ven camionetas subiendo y bajando con los “pickup” llenos de gente y cajas. Lindo camino, por ambos lados lleno de verde desde la planicie hasta los cerros, y con algunas vacas comiendo.

 

clip_image004 Subiendo y ya cerca del cementerio, un poco más abajo se encuentra un descanso con un Cristo crucificado tapado por un pequeño cobertizo y una banca para quién guste acompañarlo.

Llegando a la entrada se ven los autos y camionetas estacionadas, unas pequeños fuegos que calientan el agua para un mate, té o café. Así, aprovechando la sombra del lugar para escapar por un rato del calor que los acompaña. Uno que otro carrito vendiendo jugos, bebidas, cabritas, completos; un pasillo techado con bancas a los lados aprovechadas por las personas que conversan entretenidamente acerca de lo humano y lo divino, y que indica la entrada al cementerio.

Llego cuando se está dando la misa al aire libre. El cura habla por un megáfono a las personas que lo miran y escuchan atentamente. Llaman la atención las primeras tumbas que en su superficie están cubiertas de una arena brillante, que además se encontraba apretada por la lluvia de la noche y de los días anteriores. Lo mismo es aprovechado para hacer figuras con las flores que entierran; se pueden observar corazones hechos tanto con la flor entera como con sus pétalos, sea esta de plástico o natural, rodeando los contornos o sólo con algunas partes, como también simplemente llenando toda la superficie de flores formando una verdadera danza de colores y formas.

clip_image006 Se vislumbran distintos tipos de tumbas. Algunas con cemento en los contornos y paredes donde están relatados los nombres y fechas principales de los difuntos, encontrándose algunas trizaduras en las que se encuentran más abandonadas por el paso del tiempo y la soledad. Otros tienen lo mismo pero con baldosa de distintos colores. Algunas, en vez de arena, tienen pasto sintético dando un extraño pero al fin y al cabo bonito verde. También están las que sólo cuentan con tierra en su exterior y que tienen unas especies de cunas de madera con una cruz en la cabecera que marcan y guardan el espacio del ser querido, algunas de color verde, celeste, barnizadas o también están las que, por el abandono en que se encuentran, ya presentan estados de descomposición, siendo estás las menos.

 

clip_image008 Se observan familias alrededor de las tumbas conversando entre ellos, riendo, adornando y limpiando. Los niños haciendo lo que más les gusta, “jugar”; una mujer que entre palabras y lágrimas, que llegan a sus ojos a través del recuerdo, conversa con el ser querido que se fue. Tan acogedoras son sus palabras y lágrimas que la gente que va conversando, al pasar por ahí, saca un silencio tan respetuoso que me atrevería a decir que es en cierta medida, agradecido por esta mujer.

Termina la misa y comienza el movimiento de las personas hacia sus familiares muertos. Común es escuchar saludos como: “Hola pariente”, “¿Cómo está pariente?”, “Tanto tiempo pariente”, iniciando muchos de ellos la conversación con estos saludos y con la alegría que les produce encontrarse y tener un día tan soleado después de unos cuantos de lluvia. Se multiplican las conversaciones acerca de los familiares que ya partieron o de los “típicos problemas de los vivos”.

Paseándose van los baldes vacíos hacia las llaves, y llenos de vuelta hacia las sepulturas y maceteros. También hacen lo suyo los escobillones y rastrillos en trabajo de limpieza, otros se encargan de pintar los “corralitos” que están determinando el lugar de su familiar.

Por supuesto que todo lo anteriormente descrito ocurre en un cementerio “legal”, porque por el campo están olvidados por la gran mayoría y recordados solo por unos pocos (muy), los antiguos cementerios de las comunidades mapuche, esos donde se enterraban a las personas en cajones hechos con donaciones de los integrantes del mismo lof y donde dirigía su construcción el maestro más afamado del sector (y muchas veces el único). Estos cementerios ya están escondidos, debajo de plantaciones de pinos y eucaliptus, de las nuevas generaciones y solo viven gracias a algunas cruces de pellín (o de sus restos), y también gracias a la memoria de los más antiguos y de quienes respetan y se interesan en conocer sus historias.


[1] Profesor de Educación Física, alumno del Magíster de Antropología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y tesista del Proyecto Fondecyt N° 1095024 “Conmemoraciones y Memorias Subalternas”.

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